A bordo del transiberiano

Era el momento de comenzar puramente dicho nuestro viaje transiberiano. Habíamos llegado con tiempo a la estación de trenes de Ekaterimburgo, una hora antes de que saliera nuestro tren a Irkutsk, tres horas si miramos los horarios de Moscú, cinco horas si miro mi reloj y 6 horas si miramos el reloj de David. Este es un pequeño ejemplo del mejunje de horarios que íbamos a tener durante los siguientes días atravesando el vasto territorio siberiano en el que atravesaríamos varios husos horarios, y eso que solo llegaríamos a poco más allá de la mitad de Rusia.

Dentro del tren tendríamos nuestro propio horario, con nuestras rutinas, comidas y quehaceres, aunque tras la ventanilla habría otro distinto, una hora más cada día, por lo que para hacer el transiberiano recomiendo desconectar la mente de cualquier minutero y ser sirviente únicamente de la posición del sol dentro de este micro mundo que llega a ser un viaje transiberiano.

Transiberiano

Nuestro tren que salía a las 22:30 hora local se iba retrasando cada vez un poco más mientras esperábamos sentados en la estación a que de una vez por todas pusieran el andén al que llegaría nuestro tren. No éramos pocos los que lo esperábamos y todos estábamos en la puerta de acceso expectantes a lo que ponía en los letreros luminosos. Cuando llegó el momento, dos horas más tarde, todo el mundo salió corriendo como en una estampida de búfalos hacia la plataforma marcada. Nosotros, con más tranquilidad, intentando leer los carteles de los vagones, encontramos nuestro pequeño alojamiento para estar las siguientes tres noches y dos días completos.

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Viajar en un tren transiberiano

Viajar en el transiberiano es una experiencia única. No existe en la faz de la tierra otro recorrido tan largo y mítico sobre la siempre romántica línea férrea. Este, el transiberiano, fue un trabajo titánico que se comenzó a construir a finales del siglo XIX para unir el inmenso territorio ruso y sobre todo comunicar con la principal base naval que tenían los rusos en la ciudad oriental de Vladivostok. Tras trece años de durísimo trabajo por parte de campesinos que fueron contratados y sobre todo por deportados con la promesa de reducir sus condenas, se completó un recorrido de casi 10.000 kilómetros uniendo las principales ciudades rusas. Una línea férrea que facilitaría al transporte de mercancía y personas a lo largo de la impenetrable Siberia.

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Diferentes lineas para realizar el transiberiano. La original sería la roja.

Hoy en día se nos haría un poco pesado viajar en aquel tren cuya velocidad no superaba los 20 kilómetros a la hora. Ahora  gracias a la electricidad se va un poco más rápido y las distancias se acortan pudiendo hacer el recorrido completo en apenas una semana. Pero lo que sigue manteniéndose igual desde el principio es el recorrido, y con él, los sueños de la gente por poder desplazarse para ver a sus familiares, trabajar o simplemente viajar como nosotros.

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Dentro del tren se vive en otra dimensión, como he dicho antes, en un micro mundo que se desplaza lento y contundente hacia su destino. Detrás de la ventanilla por las mañanas se ve un amanecer brumoso y un ligero Sol inundando de luz las tierras húmedas de Siberia. Dentro del tren mientras tanto nos mantenemos a una temperatura constante de 24 grados y solo cuando pretendes ir de vagón en vagón hace falta ponerse algo más de ropa porque en los huecos de unión el frío acecha, sobre todo por las noches.

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Nuestro compañero de cabina era un ruso de unos 27 años que no abrió la boca en toda la noche. La verdad que con él no tuvimos suerte al compartir dormitorio porque era un sosainas de mucho cuidado. Solo cuando le ofrecimos beber de nuestro vodka que compramos en Ekaterimburgo se animó a hablar un poco en un inglés vago, algo es algo. Se desplazaba hasta una ciudad cercana a Irkutsk para trabajar. Varios de sus compañeros estaban dispersos en otras cabinas y en las paradas se juntaba con ellos, pero mientras tanto, el solo se limitaba a leer y a comer pipas. Lo dejamos por imposible.

En cambio, un ruso de dientes dorados, de esos que no te imaginas hablando nunca con él, me empezó a dirigir la palabra mientras estábamos esperando para entrar al baño. Ninguno de los dos sabíamos inglés, pero eso le importaba poco porque todo me lo decía en ruso. Intentaba decirle que no le entendía pero él seguía con su ruso que me resultaba un tanto familiar. Acabé por entenderle un ligero “from” y me aventuré a decirle “Spain”. Su sonrisa me delató que era eso precisamente lo que me quería preguntar aunque todas las demás veces no acabábamos de entendernos bien. Pero la situación era de lo más cómica. Imaginaros a un ruso que cada vez que sonríe te deja ver sus dientes de oro, robusto como él solo, calvo y con brazos fuertes y tatuados, y de repente se te pone a cantar una canción rusa y te pide que la cantes con él. Teníais que verme la cara. Hubiera deseado haberme bebido la botella de vodka yo solo. Me enseñó un saludo de manos y cada vez que nos cruzábamos por algún vagón nos saludábamos de esa manera.

 

transiberiano

En estas tierras y a lo largo de la linea transiberiana, existe un mapa muy distinto que no se ve desde el tren. Decenas de campos de trabajo forzoso, llamados en la época de la URSS como “gulag”, salpican estas tierras y prácticamente dibujan una linea imaginaria junto al recorrido del transiberiano.

Desde luego tres días metidos en un tren puede dar para muchas anécdotas, pero también hay mucho tiempo en el que no pasa nada y simplemente te dedicas a leer, hacer algún sudoku y jugar a las cartas, sobre todo por la noche cuando la gente ya se ha organizado y permanecen todos en sus literas convirtiendo el pasillo del vagón en un silencioso corredor que exponenciaba aún más la sensación de estar en algún lugar remoto lejos de tu casa.

Cuando todos duermen y el tren marcha ligero, el sonido de las vías se convierte en la banda sonora del viaje, en aquella música que cuando la escuche alguna otra vez, siempre me recordará este viaje. Te acostumbras tanto a ese ruido y al balanceo de la cama que cuando el tren hace alguna parada lo echas de menos. Estás deseando que se ponga otra vez en marcha y siga su camino.

 

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Cuando despiertas, las caras desconocidas del día anterior ya no lo son tanto y empiezan a ser familiares. La provodnitsa pasea de un lado a otro pasando la aspiradora, llevando agua caliente a ciertos compartimentos mientras que la mayoría vamos hasta el calentador de agua que hay en cada vagón para prepararnos algo caliente, un té o un café. Un nuevo día surge en el tren y no tienes nada previsto por hacer.

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En los pasillos hay un cartel donde puedes ver las paradas que va a hacer el tren y el tiempo que estará en cada una de las ciudades. Andábamos cerca de la frontera de Kazajistán y el tren aminoraba la marcha para hacer entrada en la estación de Omsk, así que nos pusimos la ropa para bajar y estirar un poco las piernas.

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Muchas de las estaciones se convierten por unos momentos en improvisados mercadillos ambulantes donde las babushkas intentan sacarse unos pocos rublos vendiendo sus productos caseros como galletas saladas, mermeladas o pescados. Nosotros caímos en la tentación y compramos unos bollos artesanos para desayunar y unas gominolas que nos duraron para todo el viaje.

transiberiano

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Durante prácticamente todo el recorrido transiberiano el paisaje bucólico es el mismo en cada momento. Bosque boreal a un lado y a otro salpicado de vez en cuando por pequeños poblados con casas viejas de madera delimitadas por vallas.

Transiberiano

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En algunos momentos no ves más que árboles que se multiplican y se reflejan al otro lado de la vía y de pronto aparece de la nada un coche antiguo hundido en el fango de un camino inaccesible. En ese momento te das cuenta hasta qué punto ha llegado el hombre a domar este territorio, estando hasta en lugares tan inhóspitos donde solo se divisa taiga y esporádicas ciénagas. Pero la realidad no es esa. Las personas que vemos en estos pueblos no han domado nada. Siberia es muy difícil de dominar y simplemente se han adaptado a vivir en uno de los lugares más hostiles del planeta.

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Algunos trenes antiguos se muestran en algunas de las estaciones. A llovido un poco desde aquellos trenes a los de ahora.

Según va pasando la mañana la gente va volviendo a su particular habitación y el tiempo que hay hasta la comida se dedica a largas charlas. Nosotros dimos con la casualidad de coincidir en este viaje con dos hermanos andaluces que viajaban en otro vagón. Los vimos en una de las paradas y con el tren en marcha me fui a buscarles para ver que se contaban. Se trataba de una pareja muy particular y aventurera. Habían viajado mucho, pero para nada eran viajes corrientes. Ahora su destino era Hong-Kong para tratar unos temas de un negocio que tenían montado, pero habían decidido llegar hasta allí haciendo este trayecto de tren en vez de ir directamente a su destino. Cosa normal cuando acabas conociendo los gustos que tienen a la hora de viajar. Su aventura más exótica fue sin duda en la que se embarcaron hace unos años, dejando todo lo que tenían en su pueblo (casa, coches, motos, familia…) y comprándose un catamarán pequeño para navegar por tiempo indefinido. Salieron de la costa andaluza en dirección a Canarias y una vez allí salieron dirección las Américas como hace más de medio siglo salieron la Pinta y compañía. Nos contaron sus aventuras en pleno océano, con tormentas que levantaban su pequeña embarcación varios metros de altura en sintonía con las olas gigantescas que se creaban. Una aventura digna y que dudo que yo realice algún día, puesto que el mar me da mucho respeto y miedo. Tras varios meses ya habían llegado a América y se dedicaron a ir subiendo la costa hasta que un día, en el puerto de Nueva York, sufrieron un accidente chocando con una embarcación mucho más grande, hundiendo la suya hasta el fondo marino. Un año después de que salieran de España, sus sueños se hundieron junto a su barco. Desde luego tenían mil anécdotas para contar y con la gracia que caracteriza a los andaluces, era un “pazón” escucharles.

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Aquí posamos yo y uno de los hermanos andaluces subidos en un monumento a la locomotora en la ciudad siberiana de Llanskaya.

En las horas de comida todos volvemos a nuestros camarotes a llenar el estómago. Una cosa que no sabía de este viaje en tren es que las comidas y las cenas vienen incluidas en el precio, al menos en la segunda clase donde viajábamos nosotros. La provodnitsa pasa por cada camarote apuntando lo que quiere comer cada uno, pollo o pescado. Cuando llegaba a nuestro compartimento, para hacernos entender que quería apuntar la comida, hacía el típico gesto de llevarse la mano a la boca y decía un “ñam ñam” que entendíamos a la perfección (momento cómico que tuvo guasa jejeje).

Transiberiano

Sin duda el transiberiano es toda una experiencia donde el más mínimo detalle cobra protagonismo. El tema de la higiene es uno de ellos. Tres días metidos en el tren dan ganas de asearse y sentirse uno limpio, pero aquí no hay duchas y hay que ingeniárselas para ello. Los baños son pequeños, pero están muy bien. Disponen de su lavabo, un mueble y el retrete, pero el espacio es reducido. Para la higiene se pueden usar las toallitas húmedas que vienen muy bien, pero yo ni corto ni perezoso me hacía mi ducha dentro de aquel pequeño compartimento. Como en el suelo hay un desagüe para que caiga el agua a la vía, me despelotaba y me duchaba con el agua del grifo tirándomela cuidadosamente por el cuerpo para no mojarlo todo (eso si aguantáis el frío… porque olvidaros del agua caliente salvo para los tés). Para esto aprovechaba las últimas horas del día donde la mayoría de la gente ya duerme y no hay gente esperando para entrar, aunque la verdad que la mayoría de las veces, con las toallitas que llevábamos se podría cubrir esta necesidad más que suficiente.

Transiberiano

La última noche de esta ruta de dos días realizando el transiberiano la dormimos sin prisa, como otra cualquiera. Sabíamos que a la mañana siguiente nos despertarían dos horas antes de llegar a nuestro destino y nos daría tiempo de sobra para prepararnos.

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La provodnitsa es la encargada del vagón. Ella se encarga de avisar cuando llegas a tu destino y de vigilar que todo el mundo suba al tren cuando este hace alguna parada.

Realmente no hemos pasado nada mal las 52 horas que duraba nuestro trayecto transiberiano,  incluso en alguna ocasión durante el mes hemos echado de menos el dormir en un tren y su comodidad, pero eso sería más adelante. Ahora habíamos llegado a nuestro destino tras más de 5.000 kilómetros desde Moscú, la ciudad de Irkutsk, pero el transiberiano seguiría su marcha incansable hasta el mar completando el recorrido de tren más grande del mundo. Y mientras, el mundo sigue y nuestro viaje también.

Víctor del Pozo

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24 Responses to A bordo del transiberiano

  1. Babyboom says:

    Qué experiencia en el tren, me he reído mucho con el calvo de los dientes de oro, os imagino a los dos allí intentando haceros entender, jejejeje.
    Vaya soso vuestro compañero, muchas veces el tener a alguien hablador por lo menos te hace pasar las horas más rápido. No veas qué palizón de tren, jejejejeje. 😉

  2. El Da says:

    Ofu que pazon de tren….me puesto hasta nervioso con el video.
    mu bien resumidas esas 52 horas de viaje, menos mal que no has contado anecdotas, pero yo me quedo con el besito.

    La verdad que no se hizo tan pesado, aunque mi cara no muestra eso, pero solo estaba reflexionando como afecta el parto de los elefantes al IPC.

    Nadie nos quitaba la ilusion de seguir con nuestro viaje, sera eso lo que nos hizo pasar buenos ratos.

    Y esa foto de la azafata? que ganas de empujarla me daban.

    Mu chulo, a cuidarse.

  3. Víctor says:

    Ofú… Dudé por un momento en si meter la foto en la que te doy el beso… pero la dejaré para cuando termine el relato y la ponga en “los momentos que no se han visto” jejejeje…

    Es que sí… a esa azafata daban ganas de empujarla jejejeje…

  4. Puro romanticismo!! Genial!

  5. Pau says:

    Uno de los trenes más míticos del mundo y un viaje que siempre tengo entre ceja y ceja. Gracias por compartir tus experiencias.

  6. Mafi says:

    Genial el relato, tiene que ser una experiencia unica, vaya sosainas os tocó de compañero, y el momento ruso de dientes de oro tuvo que ser para partirse!!! Un besito

  7. Mikel says:

    Muy interesante el resumen de esas horas en el tren. A mi viajar en tren me encanta pero no se que tal llevaría el estar 50 horas en uno.
    Es verdad que siempre ocurren anécdotas y se coincide con gente que puede dar mucho juego, pero a veces mi timidez me impide entablar conversaciones con la gente que no conozco.

  8. M.C. says:

    ¡¡¡Tiene que ser una experiencia apasionante!!! Aunque lo que menos gracia me ha hecho es lo de no poder asearse en condiciones… Pero bueno, son 3 días y tampoco es plan de ponerse remilgoso.
    Pero suena tan apasionante el viaje!!!! Algún día tengo que hacerlo!!
    Saludos

  9. Victor says:

    Buenas!!

    – Ahoratocaviajar: Es que si… El tren tiene todavía ese sentimiento. Me encanta viajar en el.

    – Pau: Pues seguro que algún día te plantas en alguna estación rusa para hacerlo… Además no vi que fuera complicado para ir con niños, aunque tendrías que buscarte entretenimiento para el… porque nosotros aguantamos mucho tiempo en el tren.. pero un niño…

    – Mafi: Desde luego que lo fue. Pero la verdad que siempre que he tomado algún tren para ir a algún lado ha sido una experiencia bonita y como dice J.Alejandro… romántica.

    – Mikel: No se hace tan pesado al fin y al cabo. Para mi es mucho más pesado un vuelo con escala de 5 horas… sin duda alguna. Pues al final, aunque sea un poco, acabarías hablando con la gente… sean rusos o turistas.

    – M.C: Pues si tres días se te hacen largos para asearte… imagínate los 6 días que pasamos por el centro de Mongolia sin una ducha… jejejeje… Allí estuvimos guarros, guarros… A eso me refería en el relato cuando he puesto que en algún momento del viaje echamos de menos la comodidad del tren.

    Un saludo a todos!!!

  10. Bueno bueno, 50 horas nonstop, al menos las camas serían cómodas no? 🙂

    Tengo ganas de que empieces los relatos de Mongolia, me apasiona por lo desconocido.

    Saludos Victor!

  11. Carol says:

    ¡Hola Víctor! Me dejas loca con lo de los 20 km/h. Hoy en día es tan poco probable que parece mentira que un tren haya podido ir nunca a esa velocidad (les hubiera yo mandado a ver “Regreso al futuro 3” xD).
    Bueno, que me ha gustado mucho el post. Un resumen que refleja muy bien la esencia de lo que debe ser un viaje como ese. Te digo que me he pasado todo el texto preguntándome si habría duchas en el tren, pero ya veo que no. De todas formas, una pregunta: ¿los aseos estaban limpios en general o se veía de todo? ¿Y el tren en sí?

    ¡Un saludo!

    PD: El video chulísimo, muy frenético y muy bien montado 😉

  12. M.Teresa says:

    Me ha encantado leer tu relato porqué nos cuentas algunos detalles muy curiosos y divertidos de como es la vida dentro del tren, como se pasan tantas horas ahí dentro. Te imagino cantando con el ruso, jejej… lo que hace el vodka!

  13. Dany says:

    Me ha encantado el relato Víctor. Me has teletransportado a los vagones del tren más mítico del mundo. Siempre me ha llamado mucho la atención este viaje, y después de este verano que con el Interraíl he tenido mi primer contacto con los viajes sobre raíles (aunque mi máximo en un tren fueron 13 horitas jejeje), ahora el Transiberiano es una cosa que realmente me encantaría hacer.
    PD: Te imagino haciendo el saludito con el calvo cada vez que os cruzabais y me parto jajaja
    Un abrazo!

  14. Helena says:

    Imagino que tendreis anécdotas para dar y tomar… pero yo no sé si sería capaz de aguantar tres días enteros en un tren. ¡Ufff! Si ya al final (de mi uso) las tres horas del regional Valencia – Orihuela se me hacían cuesta arriba. ¡Sí! Ya lo sé. He salido muy delicá, jejeje
    Tu momento-aseo me ha hecho mucha gracia.
    Un saludo y a ver qué más nos cuentas del viajecito 😉

  15. Víctor says:

    Buenas a todos!!

    – Toni: Lo mejor es decir que no eran incómodas. Te arrinconas a un lado y la verdad que son muy acojedoras.. pero a mi se me salían un poco los pies por fuera jejeje.. Pero la verdad que se duerme muy bien. En Mongolia si que dormimos alguna noche mal.. pufff.

    – M.Teresa: Menudo tío el ruso cantante jejejeje. Porque cuando le conocí ya no había vodka, que si no nos bebemos la botella entre los dos y no me quiero imaginar lo que cantaríamos jejeje

    – Dany: Pues ya sabes… tras el viaje en tren por Europa, viene este. No se que tiene el tren, pero cuando haces un viaje en él, por pequeño que sea, ya te apetece más y más.

    – Helena: Pues si me lo dices a mi hace unos años, te diría que yo tampoco aguanto. Pero ya te digo que no es lo mismo coger un tren de tres horas en tu ciudad o coger otro mucho mas largo en la otra punta del mundo. Solo con la ilusión ¡Lo aguantas fijo!

    Un abrazo!! y a ver si nos vemos unos cuantos en fitur!

  16. Toda una odisea, está bien eso de que haya un vigilante en cada vagón que mire en las paradas que nadie se queda atrás 😀

    La verdad que tantas horas en un tren dan para muchas anécdotas y por el relato veo que no se hicieron del todo pesadas y que se pasó bien.

    Muy chulo el vídeo, siempre me veo todos los que pones en cada relato jeje

    Un abrazo!!!!!

  17. Pingback: Bitacoras.com

  18. anrafera says:

    Largo viaje, pero ha de ser maravilloso y muchas las anécdotas que se daran.
    Me ha gustado mucho, contemplarlo desde el sillón de casa.
    Cordiales saludos y que os vaya todo bien.
    Ramón

  19. Ku says:

    Me ha encantado tu forma de relatar la experiencia, Víctor: es tal cual lo cuentas, un micromundo 😀

    Ains… qué recuerdos! Quizá me estoy dejando llevar por el romanticismo, pero ahora, con la perspectiva del tiempo, creo que el Transiberiano es uno de los viajes más especiales que he hecho…. Sí, me estoy dejando llevar por el romanticismo, jaja!

    Un abrazo!!!

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