33 lugares y situaciones para sentir

No me digáis que no es una cifra rara para hacer un top de los lugares que más nos han gustado. Lo más lógico sería un top 5, un top 10 o un top 30 si hace falta… ¿Pero 33? Sé que soy un tanto raro… Pero todo tiene su explicación. La verdad que nunca me he animado a hacer un top de nada, y eso que soy muy dado a leerlos, pero no se… nunca me había planteado hacer uno. Pero la verdad que me parecen una buena forma de recordar lugares y experiencias vividas y que hasta escribiéndolos disfrutas más que con otros artículos. ¿Pero por qué 33? Pues por una sencilla razón. Hoy, 16 de noviembre cumplo la bíblica edad de 33 años.

Llevo nada más que 7 años viajando fuera de nuestras fronteras. Comencé en agosto del 2005 cuando compré un billete a París para ir a ver a una amiga, y desde ese momento intento viajar en cuanto puedo, lo que me ha permitido visitar ya unos cuantos países y culturas diferentes. Y con tantas diferencias que hay en nuestro mundo, al final siempre te acabas sorprendiendo con algo, acabas degustando las cosas con otro sentimiento y poco a poco vas acumulando lugares en tu retina que jamás olvidaras. Pues bien, ese es el objeto de este top. Reunir 33 lugares y situaciones que hayamos vivido con una intensidad mayor que con cualquier otro lugar. No se tratan de los mejores lugares del mundo ni los más bonitos (aún nos quedan muchos por ver…), sino los lugares que a título personal entre Eva y yo hemos seleccionado como los mejores que hemos conocido hasta ahora viajando. Y dejémonos de tantas explicaciones porque al final este post se va a hacer eterno. Comencemos arbitrariamente por el primero.

1.- Pasear por la Gran Muralla China

Una de las grandes obras de la ingeniaría militar de toda la historia de la humanidad. La Gran Muralla China nos cautivó la primera vez que la visitamos en el 2009 y no nos defraudó tampoco el año pasado, pero reconozco que la primera vez, cuando hicimos el tramo andando entre Jinshanling y Simatai, llegamos a conectar plenamente con ella. Fueron cuatro horas andando sobre la muralla sin prácticamente más gente que nosotros, en un tramo en el que la muralla está prácticamente sin restaurar (por no decir nada restaurada), y ver la serpenteante figura de esta construcción con nuestros propios ojos es algo que nunca olvidaremos. La llaman el mayor cementerio del mundo por la cantidad de gente que hay enterrada a lo largo de sus casi 9.000 km de longitud. Obreros que durante los 1.500 años que duró su construcción perecieron en sus inmediaciones y fueron enterrados allí mismo. Hoy es patrimonio de la humanidad y una de las 7 maravillas del mundo moderno.

Lugares increíbles del planeta. La Gran Muralla China

2.- Vislumbrar el Taj Mahal

Personalmente creo que es una de las construcciones humanas más bellas que el hombre podrá ver, y parece mentira tratándose de tan solo un sepulcro. Esta increíble construcción fue creada por el emperador Shah Jahan para el descanso eterno de su amada Mumtaz Mahal y cuando la visitamos nosotros sencillamente nos quitó el aliento. La primera visión del Taj Mahal la tuvimos desde los jardines del hotel anocheciendo y parecía puesto allí por un ente sobrenatural. El mármol pulcro y sus desmesuradas dimensiones te hacen creer que estés viendo una construcción salida de algún cuento. Nosotros cuando íbamos saliendo del recinto no podíamos parar de mirar hacia atrás y decirnos a nosotros mismos, “que bonito”.

Lugares increíbles del planeta. Taj Mahal

3.- Ver la torre Eiffel

Quién les iba a decir a los franceses, que aquella extravagante antena férrea que construyeron para la exposición universal de 1889 se iba a convertir en el mayor reclamo turístico hoy en día del país. Y pese a ser algo que está muy visto, a mi me sigue encantando verla. La tengo especial cariño porque fue el primer monumento famoso que divisé con mis propios ojos. Era en aquel primer viaje que hice. Acababa de llegar a París y estaba en el metro de camino al lugar donde había quedado con mi amiga, y cuando atravesábamos el río Sena, la exclamación de la gente hizo que me volviera en mi asiento. Detrás de mí estaba la iluminada y destellante figura de la torre Eiffel.

Lugares increíbles del planeta. Torre Eiffel

4.- Llegar a Machu Picchu

Otra de las siete maravillas del mundo moderno y con razón. Solo al llegar hasta Machu Picchu y verlo con tus propios ojos tomas conciencia de lo que es. Una antigua ciudad maya escondida durante años en medio de un paisaje natural abrumador. Este lugar es uno de esos que te quitan el habla al verlo por primera vez. Cuando iba camino de él y lo divisé por primera vez, por mi boca salió un “¡guaauuu…!” de los más sinceros que he tenido. ¡Te tienes que frotar los ojos para ver si es cierto!

Lugares increíbles del planeta. Machu Picchu

5.- Entrar en barca al Lago Sandoval

Y nos quedamos en Perú, porque allí fue donde vimos por primera vez una selva auténtica. Fueron tres días cortos, pero la experiencia fue para toda la vida. Sentirnos dentro de un paraje tan virgen no se consigue a no ser que se vaya a un lugar así. Solo de imaginarme la cantidad de kilómetros cuadrados de selva que habrá por explorar se me pone la piel de gallina. Esta en concreto, la zona del lago Sandoval, ya recibe muchos turistas, pero aun así la sensación que te llevas es de haber estado en un paraje sin igual. La entrada en bote de remo al lago Sandoval dudo que la olvidemos nunca.

Lugares increíbles del planeta. Lago Sandoval

6.- Lagos de Plitvice en Croacia

Seguimos con los lagos y me acuerdo de los lagos de Plitvice. Estos fueron los causantes de que hiciéramos aquel viaje en coche por la costa croata en el 2008. En un principio el viaje iba a ser por el norte de Italia, pero cuando vi una foto de los lagos dije… “quiero ir a verlos”. Y así hicimos, convirtiendo aquel viaje en uno de los que recuerdo más gratamente. Después de dos días en coche desde Madrid, llegamos a este precioso parque nacional croata que lleva 33 años siendo patrimonio de la humanidad, los mismos años que cumplo hoy yo. Dar un paseo alrededor de ellos y observar su impoluta agua de color azul turquesa es suficiente para darse cuenta el porqué de tanta fama en el país.

Lugares increíbles del planeta. Lagos de Plitvice

7.- Subir al Jungfrau

Uno de los picos más alto de Europa al que se llega en uno de los trayectos en tren más bonitos de Europa. El viaje comienza en el valle idílico de Lauterbrunnen y prosigue la marcha poco a poco hasta la cima. El paisaje va cambiando continuamente hasta llegar a los 3.454 metros donde se sitúa la estación de tren a más altitud de Europa. El edificio que comprende el centro de investigación y terraza panorámica de Sphinx se encuentra a 3.571 metros dándole el título del edificio construido más alto de Europa (parece esto que va de récords…), pero lo impresionante de llegar hasta allí y el que quita protagonismo a todos los demás “récords”, es el impresionante glaciar Aletsch, el más grande de todos los Alpes (no iba a ser menos él…).

Lugares increíbles del planeta. Subida al Jungfrau

8.- Sentarse en el Preikestolen

Sentarse en una piedra no tiene ningún mérito, pero si en la piedra que te sientas te cuelgan los pies a 600 metros del suelo… eso ya es otro cantar. En Preikestolen y si tu sangre fría te lo permite, puedes hacerlo. Nuestro viaje a Noruega no se podía concebir sin subir hasta este mágico lugar sobre el fiordo de Lyse y como la primera vez que subimos estaba todo nublado, volvimos a subir al día siguiente a ver si teníamos suerte y así fue. Aquel día pudimos observar una de las mejores vistas que hemos tenido en nuestra vida.

Lugares increíbles del planeta. Preikestolen

9.- Andar por Times Square

La ciudad de Nueva York tiene uno de esos lugares, Times Square, que aunque no los hayas visitado antes, cuando estas en él por primera vez te da la sensación de conocerlo. Este famoso cruce recibe la visita de millones de turistas al año y a nosotros nos tocó en el 2006. Recién llegados a Nueva York una noche, dejamos las maletas en el hotel y lo primero que fuimos a ver fue Times Square. Sus hipnóticas luces de neones y el inquietante bullicio constante de aquel cruce nos cautivaron a todos los que íbamos en aquel viaje. Es el único rincón de la ciudad donde te da igual que sea de día o de noche, la luz siempre parece ser la misma.

Lugares increíbles del planeta. Times Square

10.- Ponerte a los pies de una pirámide eguipcia

Las pirámides creo que han sido y serán las construcciones más impresionantes que voy a ver en mi vida. Sobre todo porque las estamos viendo prácticamente de la misma manera que las dejaron quienes las realizaron, y de eso hace ya miles de años. He leído mucho de ellas, pero cuanto más leo, más sorprendido me quedo de cómo en esa época pudieron construir tan titánicas construcciones con tanta perfección. Ver la misteriosa pirámide de Keops con mis propios ojos o entrar en la pirámide Roja totalmente solos, sin nadie más en todo el recinto, son experiencias únicas.

Lugares increíbles del planeta. Pirámides de Egipto

11.- Observar el infinito en el desierto de Túnez

El desierto de arena es uno de esos paisajes que no deja indiferente a nadie y me atrevería a decir que es uno de los paisajes más impresionantes del mundo. Especialmente le tengo cariño al de Túnez porque fue el primero que vi en mi primer viaje fuera de Europa. En ese viaje vi cosas muy distintas a las que estaba acostumbrado, tanto por el país y la gente como por los paisajes. La sensación de tener un puñado de arena del desierto en mis manos e ir derramándola poco a poco me hizo pensar en que el planeta no es tan solo como lo había conocido hasta ahora. Había más cosas tras los Pirineos y al otro lado del mar. En ese justo momento, inconscientemente había decidido que iba a viajar toda mi vida.

Lugares increíbles del planeta. Desierto de Túnez

12.- Sentarse en los ghats de Varanasi

Nunca hemos vivido tantas situaciones surrealistas como en India, y desde luego, la ciudad de Varanasi es la perfecta para encontrarte a cada paso con este tipo de situaciones. En concreto me quedo con el motor de la vida en la ciudad, el río Ganges. Allí sentado puedes ver casi de todo. La gente hace la vida en el río. Se asean, juegan, lavan a los animales, meditan, festejan, hablan, rezan y por supuesto, incineran a los muertos y los arrojan al río. Pero desde luego la situación más surrealista la vivimos justo antes de irnos cuando vimos a un santón muerto que le llevaban en un trono hacia el río. Vimos como le ataban una piedra a las piernas para luego llevarlo río arriba y arrojarlo. En ese momento nos quedamos sin palabras.

Lugares increíbles del planeta. Varanasi

13.- Pasar el rato en el pabellón de los Cinco Dragones en Pekín

Este pequeño rincón de la capital China se encuentra dentro del parque de Beihai y se ha convertido en uno de mis rincones favoritos de Pekín. Lo sorprendente es que aun estando en medio de la ciudad, la gente lo pasa por alto, también porque esos pabellones no son nada del otro mundo. Pero sí que lo es el entorno donde se encuentra, a orillas del lago y con gente local que viene a cantar, bailar o dibujar y donde puedes ser partícipe de estas actividades en un marco inmejorable. Recomiendo ir a última hora de la tarde porque allí puedes disfrutar de uno de las mejores atardeceres de la ciudad en total tranquilidad.

Lugares increíbles del planeta. Pabellón de los cinco dragones en Pekín

14.- Rodear el círculo de piedras de Stonehenge

Stonehenge era uno de esos lugares que desde pequeño siempre había querido visitar. Siempre me había llamado la atención sus historias y los misterios de su construcción, por lo que en cuanto tuve la oportunidad me fui a verlo. Cuando lo vi con mis ojos fue como quitarme una espina clavada. Realmente parece un juego de gigantes, con enormes rocas que llegan a pesar hasta 50 toneladas colocadas una junto a la otra formando círculos. Stonehenge es sin duda un lugar místico por antonomasia y espero algún año poder volver coincidiendo con el solsticio de verano para poder vivir ese momento en aquel lugar tan mágico.

Lugares increíbles del planeta. Stonehenge

15.- Recorrer los Picos de Europa

Asturias es sin duda la comunidad autónoma que más me gusta de toda España, tanto por clima, paisajes o gastronomía. Y la joya de la corona para mí son sin duda las montañas que comprenden los Picos de Europa y sus pueblos y aldeas. Si el paraíso existiera y estuviera en la Tierra, muy probablemente se situaría en Asturias. Todos los años trato de escaparme unos días y recorrer sus carreteras, descender sus barrancos y ríos, comer fabes o beber sidra en alguna callejuela…

Lugares increíbles del planeta. Picos de Europa

16.- Escuchar la llamada a la oración

El Adhan, la famosa llamada a la oración que puedes escuchar el primer día que llegas a un país árabe, ha sido una de las cosas que más me han impresionado viajando. La primera vez que lo oí me quedé sin habla. Me acuerdo que estábamos en Hammamet, en Túnez, y paseábamos por el centro de la ciudad cuando de pronto desde alguna mezquita cercana empezamos a escuchar al Almuédano llamar a los fieles para el salat. El sonido me hipnotizó hasta el punto de verme de pie en medio de un pequeño cruce de callejuelas, parado y observando como la gente pasaba junto a mi y luego se arrodillaban en el suelo y se ponían a orar. Aún hoy es una de las cosas que más me impactan cuando visito algún país Islámico.

El siguiente vídeo son imágenes de aquel viaje a Túnez y la primera llamada a la oración que escuché. Por aquel entonces, también llevaba grabadora además de cámara.

17.- Recorrer la East Side Gallery de Berlín

Dar un paseo por este lado del muro de Berlín en la calle Mühlentrasse es sin duda hacerlo junto al mayor icono de la guerra fría que aún persiste como recuerdo y que mucha gente de mi generación ha podido vivir y estudiar. Precisamente para mi era especial por eso, porque yo tendría 10 años y me acuerdo de la caída del muro aunque realmente no supiera exactamente lo que significaba, salvo que en el colegio tendríamos que aprender una capital menos. Visitar el muro para mi no fue igual que visitar un coliseo romano. El muro lo había estudiado, lo había visto en la tele y en cierta manera paseando junto a él me sentía un poco identificado con su historia.

Lugares increíbles del planeta. Muro de Berlín

18.- Sobrevolar las líneas de Nazca

Para disfrutar como es debido esta experiencia hace falta tener una buena dosis de curiosidad y también cierto nivel de “frikismo”, dos cualidades que realmente a mi me sobran. Desde que muy pequeño me empezaran a gustar los temas paranormales, temas de ovnis y misterios del universo varios, las líneas de Nazca siempre habían estado en mi lista de “lugares indispensables”. Ojo, que no estoy diciendo que yo crea que las líneas estén hechas por “marcianos”, faltaría más despreciar a la raza humana de esta manera… pero habiendo leído tantas hipótesis sobre su creación no podía pasar por alto irme de Perú sin haberlas visto antes con mis propios ojos. Cuando cogimos aquella avioneta y comenzamos a ascender, supe que estaba cumpliendo otro de mis sueños que tuve de niño.

Lugares increíbles del planeta. Líneas de Nazca

19.- Atravesar la estepa de Mongolia

Es increíble como algo que parece tan sumamente aburrido como la estepa de Mongolia pudo llegar a ser una de las mejores experiencias que he tenido viajando. Por la sencillez y a la vez complejidad del paisaje, por la soledad que se llega a sentir, por hallarse en uno de esos lugares tan remotos que hay en la Tierra que realmente no sabes si pertenece a algún sitio, por tumbarte en el suelo de noche y observar uno de los mejores firmamentos que se puedan ver, por la historia que acabé conociendo de un lugar que antes casi desconocía por completo. Fueron muchos los factores para que me encantara la estepa de Mongolia, ninguno muy grande, pero si muchos pequeños detalles que he sabido valorar.

Lugares increíbles del planeta. Estepa de Mongolia

20.- Recorrer la mitad de Rusia y Mongolia en tren

Puede parecer aburrido tirarse dos o tres días seguidos metido en un tren, y en cierto modo llega a serlo. Pero la esencia de los viajes también se encuentra así, viajando como antaño, con largas horas de trayectos sin despegar del suelo y traspasando fronteras como si no las hubiera. Puedes ver los cambios de la gente y vida según vas parando en las ciudades y disfrutar a la vez del micro mundo que se crea dentro del tren. El sonido del traqueteo del tren aquellas noches se convirtió en la banda sonora del viaje y precisamente ese ruido se ha convertido en uno de mis favoritos, un sinónimo de viajar y que me trae muy buenos recuerdos.

Lugares increíbles del planeta. Transmongoliano

21.- Bucear en el Mar Rojo

Esta fue una experiencia casi de sorpresa, porque nunca antes nos habíamos planteado bucear, pero estando en el Mar Rojo y con todas las ofertas que había para hacerlo, al final decidimos probarlo. Cierto es que yo no estaba muy por la labor. Me daba mucho respeto el agua y no concebía el poder respirar dentro de este líquido. Eva me tuvo que animar (aunque tampoco mucho, la verdad…) y al final hicimos dos inmersiones bajando hasta los 15 metros de profundidad. ¡La experiencia fue brutal! Perdido el miedo de los primeros momentos, después disfrutamos como uno enanos. Nos adaptamos perfectamente a respirar de la bombona y nos sentimos como pez en el agua. Fue sin duda una de las mejores experiencias que hemos tenido y que espero poder repetir en más lugares del mundo.

Lugares increíbles del planeta. Buceo en el Mar Rojo

22.- Ver anochecer en el cabo de San Vicente

Ver una puesta de sol siempre es agradable y en todos los lugares que viajamos siempre acabamos disfrutando de algún anochecer. Pero especialmente recuerdo el que vivimos en el Algarve portugués, sentados en el punto más occidental del continente europeo, en el cabo de San Vicente. Apenas había gente, Eva, yo y dos o tres personas más al otro lado del faro. El sonido de las olas rompiendo en aquellos acantilados parecía la música de acompañamiento en los créditos de cierre de aquel día. La conjugación del sol junto con las agonizantes nubes que se veían en el horizonte creó una estampa apocalíptica que guardamos con mucho cariño en la retina. Más que el lugar, aquí recordamos el momento.

Lugares increíbles del planeta. Cabo de San Vicente

23.- Pasear por el Bazar Jan El-Jalili de El Cairo en Ramadán

Si para algunas personas visitar un país árabe justo cuando se celebra el Ramadán es un inconveniente, para mí fue todo lo contrario. Yo lo recomiendo encarecidamente. Nosotros tuvimos la suerte de visitar Egipto en ese mes, y durante el día prácticamente no notábamos si estaban en Ramadán o no. Pero cuando el sol se ponía, el ajetreo en la calle era incesante, y exponencialmente ocurría en el antiguo bazar de El Cairo. Uno de los días que pasamos en aquella ciudad nos sorprendió el Magrib (cuarta oración del día que marca el ocaso y el final del ayuno diario en Ramadán) paseando por el Jan el-Jalili y las calles se quedaron vacías como por arte de magia. Todo el mundo se metió en sus tiendas o en la de los amigos y familiares y comenzaron a comer. Nosotros simplemente paseábamos contemplando atónitos todo aquel festín, un tanto extraño para mí y para Eva que no regimos nuestras costumbres a causa de un credo, pero que igualmente respetábamos y disfrutamos viéndolo.

24.- Nadar junto a leones marinos en Perú

Este fue uno de los momentos que más recordamos de nuestro viaje al Perú y en general de todos los viajes. Estar en contacto con estos animales, sentirles nadando bajo nuestra, verles acercarse curiosos y sobre todo oírles en conjunto sobre las pequeñas islas Palomino es un recuerdo difícil de olvidar. Había cientos tumbados sobre las rocas y unos cuantos en el agua. Al tirarnos del barco y vernos en medio del océano nos creó cierta incertidumbre que al rato desapareció y dejó paso simplemente al disfrute del momento. Realmente ha sido un contacto muy leve con este tipo de naturaleza, pero espero en viajes posteriores poder ampliar la lista de animales vistos en estas condiciones, nadando en plena libertad.

Lugares increíbles del planeta. Nadar con leones marinos

25.- Pasar la nochevieja en Londres

En un principio no tiene nada de especial pasar una nochevieja fuera de casa. Pero aquella, nuestra primera nochevieja lejos de los nuestros y en un país diferente, la recordamos con mucho cariño. Fueron cinco días perfectos los que pasamos en Londres y realmente no hay muchas más explicaciones de porque está en esta lista. Simplemente nos encantó aquel viaje.

Lugares increíbles del planeta. Nochevieja en Londres

26.- Visitar un campo de concentración nazi

Sobran las palabras para explicar el motivo de por qué visitar un antiguo campo de concentración nazi está en esta lista. Las sensaciones que vivimos cuando visitamos el campo de concentración de Sachsenhausen al norte de Berlín fueron unas sensaciones frías, de desaliento y a la vez de intranquilidad al ver hasta dónde puede llegar la raza humana. Al pasear entre los muros y pabellones ahora vacíos te los imaginas llenos de gente, en fila y trabajando para luego ser exterminados en este u otro campo de concentración. Las almas de los presos políticos como de los simples judíos parecen estar talladas en los muros de aquel campo. Un lugar que aún vive para el recuerdo y la memoria.

Lugares increíbles del planeta. Campo de concentración nazi

27.- Montar en globo

Montar en globo es una experiencia que recomiendo a todo el mundo y en la que tu percepción del silencio cambiará para siempre. Nosotros lo hicimos sobrevolando la ciudad de Segovia, a mil metros de altura y en un día que comenzaba a amanecer. Cuando te encuentras a esa altura suspendido por un puñado de tela inflado y sobre una cesta  de mimbre, te parece estar dentro de una película de dibujos animados. Parece surrealista y te sorprende que esta manera de volar sea segura, pero cuando la confianza se asienta en ti, el momento lo disfrutas como si fueras un niño pequeño. Allí arriba el silencio es absoluto. No se escucha nada. Solo el silencio es roto por el sonido de la llama llenando el globo de gas. La paz que se tiene en ese momento es tremenda, casi proporcional al vértigo que se siente al mirar hacia abajo.

Lugares increíbles del planeta. Montar en globo

28.- Realizar el camino de Santiago

Pese a que yo no acabé el camino de Santiago que emprendí a causa de una lesión, el trayecto que realicé desde Oporto hasta casi Pontevedra lo recuerdo como uno de los viajes más completos que he realizado. Mi motivo no fue religioso pero si espiritual. No pasaba yo por una buena época y decidí pasar unos días solo para pensar. Andar durante días en total soledad por montes, pueblos, carreteras y caminos me hizo darme cuenta de muchas cosas.

Lugares increíbles del planeta. Camino de Santiago

29.- Visitar el parque Jingshan de Pekín por la mañana

Y no me refiero visitar el parque a las 10 o 12 de la mañana. Me refiero a levantase temprano y estar allí a eso de las 6. Lo que se cuece dentro de ese parque (y muchos otros) a esas horas es para verlo. Gente cantando en pijama, haciendo taichí, tocando instrumentos, meditando y haciendo una infinidad de ejercicios a cual más raro. Grupos de personas gritando, riéndose a carcajadas, golpeándose las piernas, andando hacia atrás, frotándose la cara, las ojeras, aplaudiendo… Si madrugas y vas al parque Jingshan, os aseguro que podéis vivir uno de los momentos más divertidos del viaje. Nosotros hemos estado dos veces en la ciudad y las dos veces hemos ido al mismo parque para participar en estas actividades. Es una de las cosas que más nos gusta de China. Además te llevarás el plus de observar una de las mejores vistas de la ciudad.

Lugares increíbles del planeta. parque Jingshan de Pekín

30.- Ver las secuelas de una guerra en Mostar

En nuestro viaje por Croacia nos desviamos un día para visitar la ciudad de Mostar en Bosnia y ver con nuestros propios ojos lo que una guerra deja a su paso. Han pasado ya muchos años de aquella guerra, 20 años para ser exactos, pero recuerdo especialmente aquel conflicto porque yo jugaba en mi portal con unos niños Bosnios refugiados que habían venido a vivir a España. Intercambiaba monedas con ellos y ninguno teníamos conciencia real de porqué pasábamos los días juntos. Por eso, el visitar la ciudad de Mostar fue muy especial y triste a la vez. Pasear por las calles y ver los edificios destruidos y pequeños parques convertidos en cementerios son imágenes que no olvidaremos jamás.

Lugares increíbles del planeta. Mostar

31.- Ver Praga nevada

A la ciudad de Praga no le hace falta la nieve para estar bonita. Pero si la nieve aparece, bienvenida sea, porque las vistas desde lo alto de la torre del reloj de la Plaza Vieja son impresionantes. Los tejados a medio teñir de nieve se van mezclando unos con otros conjugándose perfectamente con las fachadas medievales de varios tonos color pastel. Es sin duda una de las mejores estampas invernales que hemos visto, pese a que eso conllevara aguantar temperaturas de -20º…

Lugares increíbles del planeta. Praga

32.- El simple hecho de viajar en coche

Es la manera que más me gusta de viajar. No me canso aunque haya que estar todo el día conduciendo. Hemos viajado mucho en coche y particularmente son de los viajes que más gratamente recuerdo. Hemos ido desde Madrid hasta Montenegro, hasta Ámsterdam, hasta Suiza y en otros viajes hemos alquilado allí un vehículo para recorrer el país como en Noruega. En general, viajar en coche es un compendio de experiencias. Viajando en coche improvisas en cada momento y decides donde vas a parar sin ninguna otra preocupación. No te hace falta alojamiento, pues hemos tenido que dormir en el coche varias veces. La libertad que te da viajar en coche es infinitamente mayor que la de depender de transportes públicos y en ocasiones esa libertad se convierte en aventura al no saber donde dirigirte. Uno de mis sueños sería dar la vuelta al mundo en coche.

Lugares increíbles del planeta. Viajar en coche

33.- Simplemente mi pueblo

No podía olvidarme de mi pueblo haciendo esta lista. En la provincia de Cuenca se encuentra mi pueblo (bueno… el de mi madre), Huerta de la Obispalía, y no es que tenga nada en especial, es que todo él, para mí es especial. Allí he pasado la mayoría de los veranos, desde que nací hasta que empecé a viajar al extranjero. Pero no puedo olvidar el lugar donde he pasado muchos de mis mejores momentos con amigos venidos de toda la geografía española. Aún hoy sigo teniendo morriña de los tiempos pasados, por lo que todos los años voy a las fiestas y algunos fines de semana sueltos. Y por cierto, que quién quiera pasar un fin de semana en el más puro relax y conocer Cuenca, hace poco han creado y abierto unas exclusivas casas rurales en Cuenca para su disfrute.

Lugares increíbles del planeta. Huerta de la Obispalia

Bueno… pues después de más de 4500 palabras he completado esta lista. Como podéis ver, aparecen prácticamente todos los viajes que hemos realizado hasta este momento. Muchas veces me han preguntado cuál es el país o viaje que más me ha gustado y me es imposible contestarla. Un viaje se mide por experiencias y momentos especiales y en los viajes estas cosas abundan, por lo que creo que nunca me decantaré por ninguno en concreto. Creo que la próxima vez que me lo pregunten, les remitiré a este post para que ellos mismos lo elijan puesto que a mí me resulta imposible decantarme por tan solo uno.


Víctor del Pozo

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

Ya comenté en el primer relato de Mongolia dedicado a Ulán Bator, que no pudimos conseguir tren directo para ir de Ulán Bator a Beijing porque no nos cuadraban los días. En ese caso tuvimos que buscar un plan B en el momento. Este plan sería el siguiente. Llegar en tren nocturno desde Ulán Bator hasta la ciudad China de Erlian en pleno desierto del Gobi cuyo recorrido se realiza diariamente, y una vez en Erlian cogeríamos un autobús cama que nos dejaría al día siguiente por la mañana en Beijing. Así de sencillo aunque menos rápido que ir de Ulán Bator a Beijing en tren del tirón.

Desde luego es más sencillo cuadrar los días del viaje e intentar coger el tren directo de Ulán Bator a Beijing que sale los martes, jueves y domingos (estos días me los dijeron allí mismo; fecha 2011), pero como nosotros esta parte del viaje la hicimos sobre la marcha, no nos cuadraron los días y tuvimos que hacerlo de la manera que os explico.

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing

El caso es que a las siete de la tarde estábamos acomodados en nuestro vagón esperando partir de la estación de Ulán Bator. Atrás dejábamos la estepa, aquella que nos había maravillado con su insultante paisaje, tan pobre y rico a la vez. Atrás quedaban el susurrar del río Orjón y los mantras del monasterio Erdene Zuu, pero más adelante nos esperaba la vieja Pekín, la ciudad que nos enamoró a Eva y a mí en el año 2009.

La noche la pasamos tranquilos en el tren. Al día siguiente nos levantamos a tiempo para recoger todo y ver como el tren cruzaba la frontera China ante la expectación de los que abarrotábamos los pasillos del vagón y mirando por las ventanas. El recibimiento que tuvo el tren en la estación de Erlian no me lo esperaba ni mucho menos. Por los altavoces empezó a sonar una canción que me imagino sería el himno nacional Chino y unos cuantos uniformados se posicionaron en cada puerta para dirigir a toda la gente que íbamos a salir en ese momento.

 

En el andén de la estación los guardias nos separaron por grupos y según nos iban diciendo íbamos avanzando uno tras otro. Anteriormente en el tren tuvimos que rellenar nuestro folleto de entrada al país y ahora simplemente nos pondrían nuestro sello en el pasaporte. Esto no tardaría mucho en suceder y tras no más de 20 minutos cruzamos al otro lado de la estación oficialmente ya en territorio chino.

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

El que llegue a Erlian sin una reserva de billete de autobús a Beijing no tiene de qué preocuparse. En la misma puerta de la estación hay varios taxistas que os ofrecerán llevaros en coche y poder estar en Beijing esa misma noche, y la verdad que no es ninguna mala idea. A nosotros nos pedían 600 yuanes por los tres (unos 25€ por persona) por lo que me parece un precio más que razonable teniendo en cuenta que nosotros pagamos por el autobús 35€ cada uno.

Esto quiere decir que nos salió mal la jugada al reservar el autobús en Ulan Bator, porque el billete comprado en la estación de autobuses cuesta unos 25€ (y no estaban agotados), y siendo tres como éramos, hubiéramos cogido un taxi para que nos llevara directamente a Beijing por el mismo precio. El único “pero” es que habría que sumarle al presupuesto una noche más de hotel, pero en nuestro caso que es un viaje de tan solo 25 días, eso no se hubiera notado apenas. Pero bueno, el caso es que ya estaba hecho así y no había porqué cambiar nada, así que nos fuimos hacia la estación de autobuses a esperar que saliera nuestro autobús.

 

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

La distancia que hay entre las dos estaciones es de apenas 900 metros, por lo que no merece la pena ir en taxi por mucho que os digan que está lejos.

Comimos tranquilamente en uno de los restaurantes que hay cercanos a la estación y cuando fue la hora de embarcar nos fuimos a ver como sería nuestro “alojamiento” por esa noche.

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

Estación de autobuses de Erlian

En el aparcamiento había numerosos autobuses, pero solo uno era de color amarillo pálido y con un aspecto desastroso. Parecía que estaba en las últimas a punto de ser mandado al desguace… y el muy maldito llevaba en el parabrisas el mismo número de autobús que teníamos en nuestro billete ¡Con la buena pinta que tenían los rojos y nosotros teníamos que ir en ese amasijo de hierros! Era nuestra primera experiencia en un “sleeper bus” y nos íbamos a estrenar a lo grande.

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

A mí la verdad que no me gusta coger mucho este tipo de transporte. Es cierto que en los viajes en los que te estás desplazando continuamente estos autobuses hacen que ahorres tiempo al estar viajando de noche, además de ahorrarte el hotel. Los coges por la noche y cuando te despiertas (si consigues dormirte) te encuentras en tu destino.

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

Visto así es una muy buena forma de llegar a los sitios, pero a mí lo que realmente me preocupa es la inseguridad que me dan algunos conductores de autobuses e incluso el propio autobús. Me pasa muchas veces y no lo puedo evitar. Es una manía como conductor habitual que soy. Que no me fio de nadie. Me preocupa el nivel de seguridad y control que tienen las compañías de buses en algunos países y desde luego viendo en el que íbamos a ir no es que me tranquilizara mucho. Al viajar de noche por carretera me da miedo que el conductor se duerma y sobre todo me da miedo tener un accidente y no ir sujeto debidamente al asiento. El interior de estos autobuses es un amasijo de hierros y no quiero pensar como acabaríamos todos si tenemos aunque sea un pequeño percance. Pero no era momento de ponerse a pensar en eso. Era momento de subir al autobús y tratar colocarnos lo más cómodamente posible en nuestras camas ya que nos esperaban unas largas 11 horas de tedioso viaje.

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

La verdad que yo con mis casi 1,90 metros de altura tengo problemas en más de un transporte. Me pasa lo mismo con los aviones “low coast”, que prácticamente no tengo sitio para meter las piernas y tengo que ir todo el rato encogido. Pero particularmente lo de este autobús fue todo un suplicio. El hueco que había para tumbarse era de metro y medio (o menos), por lo que yo estirado no podía ir. Pero es que además no podía doblar las piernas porque me daba en la espinilla con el cabecero del de delante, por lo que tenía que sacar las piernas por fuera, doblarlas, arrugarme y tras varios movimientos intentando no caerme, conseguir una posición “cómoda”. Y ya conseguido esto, ¡Que no se me ocurriera moverme otra vez!

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

Pero el viaje aún no había comenzado. Una vez dentro y “tumbado” se arranca el motor y el aire acondicionado empezó a echar un gélido viento por los orificios que hay situados encima de mi cabeza, los cuales no podía cerrar porque estaban rotos y encima salía un mal olor por la cantidad de basura que se había dedicado la gente a meter en ellos.

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

Las cortinas de mi ventana brillaban por su ausencia, pero gracias a dios el sol estaba del otro lado y no las eché en falta, quizá un poco por aquello de la intimidad cuando hacíamos alguna parada, ¡Pero qué demonios¡ !Estamos en China¡ Aquí la intimidad en sitios públicos es más bien poca. Cuando no se te arriman al hombro para ver qué estás haciendo con en el móvil, se te ponen enfrente cuando charlas con alguien… Ya tenía suficiente intimidad con que hubiera un cristal de por medio.

La verdad que luego una vez en ruta te vas acomodando más y acabas haciendo de ese metro y medio un poco tu hogar. En el hueco de los pies dejé la mochila (total, los pies no cabían), una bolsa que encontré la puse tapando el chorro del aire acondicionado, a mi izquierda tenía un libro para leer un poco y en el bolsillo del pantalón el móvil para echarme un vicio a algún juego trillado. Poco a poco le vas cogiendo el gustillo al autobús y la confianza en el conductor va aumentando al ver que no conducía tan rápido.

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

Al final me relajé y dejé pasar el tiempo hasta la noche donde pude ir viendo las estrellas todo el rato (algún beneficio había el no tener cortina) y así conseguir dormirme entre miles de ruidos del autobús y los ronquidos de la gente. La verdad es que yo me duermo donde sea, y lo cojonudo es que al final siempre duermo bien.

El viaje se hizo un poco más largo de la cuenta. A media noche nos desvelamos porque no se oía nada en el autobús. Es lo que tiene el dormirse con unos ruidos continuos, que cuando los dejas de oír, te extraña y te despiertas. Había un accidente en la carretera y por consecuencia una larga caravana de coches, pero lo peor de todo es que nuestro estupendo y viejo autobús, una vez parado, no quiso ponerse en marcha. Estuvimos como media hora oyendo los intentos en vano del conductor para darle vida de nuevo a “la máquina”. Se escuchaba como que había parado más gente para ayudarnos y que estaban en la parte del motor viendo que podía pasar. El caso es que tras una larga espera volvimos a oír el motor arrancado y que nos poníamos de nuevo en marcha. Aún quedaban muchas horas para llegar y el sueño hacía mella.

A eso de las siete de la mañana llegábamos por fin a Beijing. Antes ya andábamos despiertos mirando por la ventanilla una ciudad que amaneció envuelta en una nube de contaminación. Cuando bajamos del autobús teníamos los huesos desencajados y mis rodillas pedían a gritos que me pusiera a andar para moverlas un poco. Cogimos las mochilas y paramos al primer taxista que encontramos para que nos llevara al hotel Happy Drangon Hostel que se encontraba bastante lejos de donde estábamos a juzgar por lo que tardamos en llegar. Aquí estaríamos las últimas cuatro noches del viaje y teníamos reservadas una habitación triple para las siguientes dos noches, pero las últimas dos nos cambiaríamos a una de cuatro porque esperábamos con ansia la visita de nuestra amiga coreana ChehJin. Nos había escrito unos días antes que se había cogido un vuelo desde Seúl y nos había dado toda la vida para el colofón del viaje. ChehJin estuvo 5 años en España estudiando filología hispánica y la conocimos a través de unos buenos amigos. El caso es que ella se volvió a Corea con su familia y llevábamos como 5 años sin vernos, pero por fin nos volveríamos a encontrar.

Cómo ir de Ulán Bator a Beijing.

Aquí os presento a ChehJin sobre el puente San Pablo de Cuenca en el año 2006 y celebrando la Semana Santa a ritmo de tambor. No tiene nada que ver con este viaje, pero seguro que la hace ilusión verla y le traerá buenos recuerdos.

En esta ocasión nos juntaríamos en Beijing, y no en Madrid o Seúl como siempre habíamos pensado, pero para volvernos a ver aún teníamos que esperar un par de días que dedicaríamos a ver parte de la ciudad y Eva y yo a reencontrarnos con los lugares que ya visitamos en nuestro viaje a China del 2009. Era nuestra última etapa del viaje. Ya se olía que esto se acababa, pero estábamos contentos porque todo estaba salido muy bien y estábamos de nuevo en Pekín.

Víctor del Pozo

Una estatua de Gengis Khan y el P.N. del Terelj

Nos alejábamos del valle del Orjón a velocidad fija de 80 kilómetros a la hora y por las ventanillas de aquella destartalada furgoneta se seguía viendo el mismo paisaje que parecía creado a base de trazos de pincel. Las nubes eran de algodón y flotaban en un océano azul sobre nuestras cabezas, casi sin moverse, como si hubieran estado allí toda la vida. Nuestro destino ese día sería alcanzar la zona donde se sitúa el Parque Nacional del Terelj y ver de cerca la imponente estatua del mismísimo Gengis Khan.

Mongolia

Durante el trayecto cualquier sitio podría convertirse en nuestra sala de comedor por un día, rodeados de silencio y rebaños de cabras. Allí volvimos a comer una de las famosas sopas de nuestro querido guía Piska, las cuales empezamos a aborrecer echando de menos un buen plato de carne o cualquier otra cosa con algo más de contundencia.

Mongolia

Llegamos de nuevo a Ulán Bator simplemente para atravesarla de lado a lado y seguir nuestro camino hacia el este de la capital unos cuantos kilómetros más. Pasamos junto a una base militar en medio de la nada, y en las faldas de una baja montaña vimos algunos ger que serían de la familia que nos acogería por esa noche. En un primer momento el ambiente del hogar nos pareció muy frío. Una pareja joven con un bebé que jugaba subido a un coche de juguete mientras nos enseñaban donde podíamos dejar las cosas. El marido apenas nos dirigió la palabra, solamente para saludarnos al principio y su cara era un cuadro que no invitaba a comenzar una conversación. Pero según fue pasando la tarde todo fue cambiando. El marido de tez seria se acabó animando y nos deleitó a todos con alguna canción acompañada de un viejo laúd y finalmente acabamos todos  juntos jugando a las cartas alrededor de la mesa.

Mongolia

Cenamos todos juntos y todos juntos nos fuimos a dormir, y literalmente hablando, ya que nos acomodamos todos como pudimos en un mismo ger con mantas por los suelos casi unos encima de otros, aunque dormir en el suelo o sobre esas duras camas era básicamente lo mismo.

A la mañana siguiente nuestra primera visita se situaba cerca de donde estábamos, unos pocos kilómetros campo a través. Allí se hallan una serie de monolitos que forman parte de las llamadas Inscripciones de Orjón que se conocen actualmente por ser la lengua turca conocida más antigua (datan del siglo VIII), las llamadas runas turcas. Estas que vimos no eran las más famosas, ya que las dos inscripciones principales son de tamaño mucho más grande y se encuentran en otra parte de Mongolia, pero aprovechando que estas estaban tan cerca, nos pasamos a verlas.

Inscripciones de Orjón

La gran estatua de Gengis Khan

Nos volvimos a meter en el coche y seguimos por pistas de tierra hasta coger la carretera asfaltada que nos llevaría directos hasta la monumental estatua ecuestre del emperador Gengis Khan. La increíble estatua se levanta en medio de la nada y desde la carretera su apariencia es colosal, pero posicionados bajo su base la sensación que da es desmesurada.

Estatua ecuestre de Gengis Khan

Se trata de la estatua ecuestre más grande del mundo con 40 metros de altura, casi igual de alta que la estatua de la libertad de Nueva York, sin contar en ambos casos con el pedestal. Construida en acero inoxidable, los días soleados el reflejo del sol sobre ella es deslumbrante. Forma parte de lo que pretenden sea un complejo turístico mucho más grande, con hoteles, campos de golf, tiendas… pero aún no hay nada de eso. Hoy allí tan solo existe una puerta de entrada coronada por jinetes y la presencia omnipresente del gran emperador mongol montado en su caballo.

Estatua ecuestre de Gengis Khan

En su base se encuentra un museo donde se recopilan objetos del gran imperio que fue el mongol y te explican cómo fue su expansión durante el siglo y medio que duró convirtiéndose en el imperio más extenso de la historia. La entrada al museo cuesta unos 5€, pero lo mejor de todo es que se puede subir a la cabeza del caballo y observar de cerca la mirada perdida del emperador.

Estatua ecuestre de Gengis Khan

Desde esta situación se tiene bien cerca su látigo de oro, el cual fue el motivo  por el que se levantara la estatua en este lugar y no en otro, ya que según la leyenda, fue en esta zona donde Gengis Khan encontró su látigo de oro cuyo símbolo representaba buen augurio entre los mongoles.

Estatua ecuestre de Gengis Khan

Parque Nacional Gorkhi-Terelj

Continuando con el viaje, volvimos a cambiar los paisajes desérticos por otro mucho más verde y agradable, por un paisaje alpino cercano a la capital. El Parque Nacional Gorkhi-Terelj que se encuentra a unos 60 km al Este de Ulán Bator sería nuestro marco perfecto para volver a extender las mantas y preparar otra “suculenta” sopa de cabra.

Parque Nacional Gorkhi-Terelj

La entrada al parque cuesta dinero, pero no sabría deciros cuanto porque a nosotros nos incluía en lo contratado, pero no tiene que ser mucho. Lo primero decir que este Parque Nacional es enorme, pero el turismo se centra en la primera parte accesible en coche donde hay algún hotel y restaurantes.

Parque Nacional Gorkhi-Terelj

Lo primero que hicimos fue subir a lo alto de una roca la cual se la conoce con el nombre de “tortuga” por la forma tan parecida que tiene a este animal (claro está, dependiendo de dónde la mires) y después buscamos un lugar para comer.

Parque Nacional Gorkhi-Terelj

Al fondo del valle se encuentra un templo budista de meditación al que fuimos tras subir toda la cuesta que se encontraba rodeada de frases budistas. El lugar es de lo más normal y la verdad que no vimos nada excepcional. Un paisaje bonito y poca cosa más.

Parque Nacional Gorkhi-Terelj

Parque Nacional Gorkhi-Terelj

Parque Nacional Gorkhi-Terelj

Con esto dimos por concluida nuestra ruta por el centro de Mongolia. Habían sido 6 días viviendo como nómadas, de tienda en tienda y viendo cómo viven aún muchos de los campesinos en este país. Ahora teníamos que llegar a la capital y dirigirnos a la estación de tren para desplazarnos a la última etapa de nuestro viaje. La querida Beijing. Pero para llegar a la capital China desde Ulán Bator existen varias formas y en el siguiente post explicaré como lo hicimos nosotros.

Víctor del Pozo

El monasterio Erdene Zuu en la antigua Karakórum

Habíamos acabado reventados aquella tarde por las dos caminatas que nos habíamos dado hasta encontrar el monasterio de Tovkhon. Caímos rendidos en la furgoneta nada mas montarnos, con las zapatillas caladas y los pies apoyados en la parte trasera del motor para que se calentaran un poco. Así fuimos todo el camino hasta la ciudad de Jarjorin  cercana  a las ruinas de la antigua ciudad de Karakórum, nuestro siguiente destino en esta pequeña ruta que estábamos haciendo por el centro de Mongolia.

Karakórum

Gers donde dormimos esa noche

Cuando llegamos a las cercanías de Karakórum ya era tarde. La noche se había apoderado de todo cuanto nos rodeaba y la llegada a la ciudad fue de lo más fantasmagórica. No había apenas gente en la calle y la iluminación por aquellos lares os la podéis imaginar. Prácticamente todo a oscuras. Pasamos junto a las murallas del antiguo monasterio Erdene Zuu sumido en un ambiente de misterio iluminado tenuemente por la Luna. A pocos metros estaban los gers donde dormiríamos esa noche. En comparación de los otros lugares donde habíamos dormido, esto se podía considerar un complejo de lujo. No eran las típicas casas familiares donde nos habíamos alojado hasta el momento, si no que se trataba de una especie de albergue donde había varios gers para turistas y lo más importante, una ducha y un retrete en condiciones. Pero seamos sinceros… lo que más agradecimos fueron los retretes donde poder sentarte tranquilo a tirar uno de esos momentos de relax del día. La ducha era lo de menos. Por las noches hace frío y el agua caliente no abunda, y nosotros llevábamos varias capas de ropa puesta y con un simple aseado era suficiente.

En el interior de estos ger nos sobraba toda la ropa que llevábamos. La estufa llevaría toda la tarde encendida y en el interior estaríamos entre 30 y 40 grados, una auténtica salvajada, apunto de dar vueltas como pollos asados. Pensamos que esa noche no pasaríamos frío, pero cuando duermes y la leña se acaba, el frío se mete por cualquier rendija de las telas y vuelve a dejar un ambiente gélido y silencioso dentro del ger.

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

Visita al Monasterio de Erdene Zuu en Karakórum

Al día siguiente, junto a una de las puertas de acceso al monasterio de Erdene Zuu, pudimos ver como decenas de peregrinos que portaban a sus espalda libros de oración budista rodeaban los 400 metros de muro que componen el perímetro de lo que en su día fue un gran monasterio budista, el primero de todos en Mongolia.

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

El actual monasterio de Erdene Zuu se construyó a finales del siglo XVI en el mismo lugar donde Genghis Khan proyectó la ciudad de Karakórum, capital de su gran imperio, que más adelante fundó su hijo Ogodei en el 1235. De esta ciudad no queda absolutamente nada salvo algunos viejos ladrillos con los que se construyeron el monasterio que estábamos pisando en esos momentos y unas tortugas talladas en piedra que marcaban los límites de aquella ciudad.

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

La historia de este monasterio es bien parecida a la de tantas iglesias, templos y más construcciones religiosos que hemos ido viendo a lo largo de este viaje transmongoliano. Primeramente sufrió daños durante las incursiones chinas del siglo XVII, pero lo que le llevó a la decadencia final, junto a muchos otros monasterios budistas, fue el nuevo estado comunista que por aquél entonces siglo XX se estaba forjando en esta parte del planeta. Por suerte, el monasterio de Erdene Zuu no llegaron a destruirlo en su totalidad, dejando a salvo el muro que vemos hoy en día y algunos pocos templos que sirvieron más adelante únicamente como museo.

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

Son evidentes las influencias chinas en la construcción de estos templos, sobre todo viendo los típicos tejados.

A partir del año 1990 volvió a sus funciones monásticas tras la caída del comunismo en Mongolia y hoy en día es posible escuchar de nuevo los mantras de los monjes en algunos de sus templos. Nosotros pudimos ver una ceremonia multitudinaria en el templo Laviran y visitar los templos que hoy también sirven como museo donde se representa la vida de Buda desde niño hasta su edad adulta.

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

La impresión de ver este monasterio rodeado de estupas a lo largo de su muro en medio de la estepa es increíble y desoladora. Una bonita experiencia para conocer un poco más la historia del budismo en este país que pese a los inconvenientes sufridos demuestra que la fe nunca podrá ser arrebatada al pueblo.

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

La estupa dorada

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

Karakórum. Monasterio de Erdene Zuu

Los restos de la ciudad de Karakórum

A las afueras del monasterio se encuentran dos puntos interesantes a visitar. Como había dicho antes, de la antigua ciudad de Karakórum queda más bien poco, pero aún se pueden ver algunos vestigios de ella como las tortugas talladas en piedra. En su origen eran cuatro las que delimitaban los términos de la ciudad y hoy en día creo que quedan tan solo tres de ellas. Nosotros nos dirigimos andando hasta una que se encuentra a unos 500 metros al norte de las murallas del monasterio. La tortuga simbolizaba la eternidad y su fin era la de proteger la ciudad, y aunque la ciudad no ha durado hasta nuestros días, la eternidad de Karakórum está garantizada al menos mientras el monasterio Erden Zuu siga en pie.

Karakórum.

El otro lugar que se suele visitar es más bien curioso. Se trata de una piedra que representa un pene y que se encuentra al sur del monasterio. Su situación es estratégica puesto que apunta hacia una depresión en la montaña con forma de piernas femeninas y supuestamente tenía el fin de recordar a los monjes su castidad, aunque en esos casos yo creo que lo mejor es no recordar nada… ni con una simple piedra “pene” y una montaña.

Karakórum.

Asistimos a un campeonato de lucha mongola

Antes de salir del valle de Orjón donde habíamos estado los últimos días pudimos presenciar un concurso de lucha mongola. Estábamos en nuestro ger preparando las cosas y listos para comer, cuando empezamos a escuchar música por una megafonía cercana.

Karakórum. Lucha Mongola

Se lo comentamos a nuestro conductor que si nos podía acercar hasta allí y no dudo ni un momento ya que él sabía de lo que se trataba y le gustaba verlo. Cuando llegamos allí pudimos presenciar una competición de lucha en lo que parecía una fiesta de vecinos.

Karakórum. Lucha Mongola

Había un montón de gente preparando algo de comer y bebiendo kumis que no tardaron en ofrecernos. Entre todos rodeamos a los luchadores que por turnos se iban eliminando hasta quedar solo uno.

Karakórum. Lucha Mongola

La lucha mongola me recordó al sumo japonés y de hecho este deporte es variante del nipón igual que otros tipos de lucha en Asia. Lo más característico es la indumentaria que portan, con un cinturón y una chaqueta desde donde se cogen para derribarse entre ellos.

Karakórum. Lucha Mongola

Una buena experiencia que tuvimos que dejar porque teníamos que poner de nuevo rumbo hacia el “mini Gobi” donde nos habíamos alojado la primera noche de esta ruta y donde teníamos previsto dormir hoy.

Esa noche la teníamos que haber dormido al raso en tienda de campaña, pero con el frío que estaba haciendo les comentamos que si podía ser posible volver a dormir en un ger y tras pensarlo nos llevaron a la casa de la primera familia que conocimos. Allí pudimos pasear entre pequeñas dunas de arena y volver a experimentar el dormir bajo la estepa cubierto de un manto de estrellas.

Mini Gobi

En el atardecer la arena se tiñe de un increíble color oro.

Mini Gobi

Mini Gobi

Parte de la familia que nos volvió a acoger en su casa como si fuera la nuestra.

Por la noche no se nos ocurrió otra cosa que ir paseando hasta las dunas que se encontraban como a un kilómetro del ger. No nos imaginábamos que fuéramos a vivir uno de los momentos más intensos del viaje. Más que intenso diría angustioso del viaje.

Según nos alejábamos del ger, este se iba difuminando en la oscuridad y frente a nosotros se iluminaba poco a poco la fina arena ondulada. Tuvimos que buscar un lugar por donde poder cruzar un pequeño riachuelo y cuando lo atravesamos comenzamos a escuchar ladridos. No podía ser… ¡otra vez perros no! (inevitablemente recordé mi anterior camino a Santiago y los sustos que me llevé con algunos perros). Seguimos andando con los ojos bien abiertos aunque realmente no veíamos nada.

 

Mini Gobi

Siluetas de las cabras en el horizonte

En estos casos el sentido del oído es lo único que te queda para orientarte un poco ya que apenas se veía 20 metros a la redonda. Los ladridos de los perros empezamos a escucharlos cada vez más cerca, pero ilusos de nosotros pensamos que quizá estarían cuidando de su ganado y no se acercarían. Pero precisamente eso justo era lo que hacían y cuidaban de que nadie se acercara a su territorio al cual nos estábamos aproximando. Cuando nos quisimos dar cuenta estábamos rodeados de mínimo 6 perros compitiendo entre ellos por ver cual ladraba más alto. La situación se puso muy complicada y pese a que ninguno de los canes llegó a tocarnos, tener un bicho tan grande ladrándote en las piernas no hace gracia a nadie. Evidentemente nos dimos la vuelta y volvimos por el mismo camino intentando guardar la calma y sin hacer ningún movimiento extraño. Los perros poco a poco nos fueron dejando marchar y se quedaron ladrando en la lejanía. Nos quedamos sin ir a las dunas pero con todas nuestras partes del cuerpo en su sitio… exceptuando los genitales que los teníamos orbitando alrededor del planeta.

Esa noche desde luego dormimos con el susto en el cuerpo pero no impidió que volviera a quedarme un buen rato fuera mirando las estrellas. La noche estaba perfecta, fría pero arropada bajo un manto estelar inigualable. Tan solo nos quedaban dos días más en este país. Al día siguiente cruzaríamos la ciudad de Ulán Bator para dirigirnos a casa de otra familia y ver la zona donde se encuentra el Parque Natural de Gorkhi-Terelj y la imponente estatua de Gengis Khan.

Víctor del Pozo

El valle del río Orjón

Estos días nos centramos a visitar los alrededores del valle del río Orjón donde visitaríamos un antiguo monasterio budista y nos deleitaríamos con los impresionantes paisajes de este bonito valle del río Orjón.

Si hemos sacado una cosa en claro en este viaje, esa es que yo he acabado siendo el pupas del grupo. Casi nunca me pongo malo, el estómago me aguanta comidas explosivas y el agua de la India o Egipto, no he sufrido nunca ni de un esguince (hasta ese momento) y me amoldo a cualquier tipo de situación sin ninguna queja. Pero en este viaje transmongoliano me han venido todas juntas. A la infección de muela, la fiebre que sufrí por esa causa y la hinchazón de boca, se le sumó esa mañana un picor constante que hacía que me retorciera dentro del saco.

Mongolia.

Paisaje matutino. Arena y nieve en un contraste inusual.

Yo estaba tan tranquilo. Me picaba, pues yo me rascaba. Pero como tenía varias capas de ropa, pues no me notaba nada. Pero cuando salí del saco y me quité la camiseta mi cuerpo era lo más parecido a un bombón de fresa con almendras de la cantidad de sarpullido que tenía y lo rojo que lo puse por haberme rascado. No me lo podía creer, pero cuando ya estaba saliendo de una me metía en otra.

Valle del río Orjón.

Cierto es que esto era una tontería y gracias a que llevábamos en el botiquín antihistamínico se quedó tan solo en una anécdota. No tengo alergia a nada que yo sepa, pero me dijeron que lo mismo podía haber sido alguna pulga del camello o simple alergia a ellos… No lo sé. Pero tuve que estar con el picor por el resto del día y con la incomodidad de tener el culo hinchado y como una piedra ya que al estar sentado en el coche todo el rato, el sarpullido en esa zona no disminuía, por lo que me tenía que buscar las posturas para estar lo más “cómodo” posible en la furgoneta durante nuestro trayecto.

Valle del río Orjón.

Foto a traición. Os aseguro que no es la posición más rara en la que he dormido…

Imprevistos de un viaje en un coche destartalado

Estando de ruta por Mongolia todo lo que suceden son anécdotas a cada paso. Parece mentira que en un país tan árido, tan extenso y que aparentemente no parezca tener nada, pueda dar tanto de sí. El aburrimiento solo llegaba cuando estábamos en la furgoneta más de una hora sin parar y no había otra cosa que hacer que cerrar los ojos y dormirse un rato.

Valle del río Orjón.

Ovoo en la carretera

Pero la mayoría de las veces el sueño se perturba por algo, ya sea por un bache salvaje, una curva brusca, o lo más habitual, un ruido extraño del coche. Y es que por muy duras que sean estas furgonetas, los años no pasan en balde y las averías hacen acto de presencia.

Valle del río Orjón.

En nuestro caso el problema que teníamos era la tapa del delco y el coche dejaba de funcionar cuando le daba la gana. Una vez parado, solo el ingenio y experiencia de nuestro conductor hacía que volviera a la vida. Pero ni con esas se solucionaba el problema. Más furgonetas que veíamos en el camino se paraban para ver si podían ayudarnos en algo, pero al final tuvimos que desviarnos a un pueblo para ver si encontrábamos algún recambio y reparar la avería.

Valle del río Orjón.

El valle del río Orjón en Mongolia

En la furgoneta teníamos los víveres suficientes y dos fuegos de gas para poder cocinar todos los días. La mayoría de las veces comíamos en el camino en algún lugar perdido de la mano de Dios. Piska preparaba la comida dentro de la furgoneta para que el viento no apagara los fuegos y luego comíamos encima de las esterillas relajados en el suelo.

Valle del río Orjón.

Vistas del río Orjón

Valle del río Orjón.

La gastronomía que tuvimos en Mongolia no es que se caracterice por ser muy variada. Básicamente nos alimentamos de carne, pasta y arroz, todo ello guisado la mayoría de las veces en sopa. Vamos…, que nos salía la sopa hasta por las orejas. Los trocitos de cabra que flotaban en el cuenco era lo más sólido que probamos en todos esos días. Aunque Piska nos demostró en alguna ocasión sus dotes culinarias realizándonos unos “buuz” que estaban de muerte. A esas alturas, aquellas “albóndigas” al vapor se convertían en un auténtico manjar.

Valle del río Orjón. Preparando la comida

Preparando la comida

Valle del río Orjón.

¿Os imagináis algún lugar mejor para comer?

Muy cerquita de donde estábamos se encuentra una cascada en el río Orjón. Parecía sacada de la nada porque desde la pista por donde nos desplazábamos apenas se podía vislumbrar el río. Pero tras unos pasos, el ruido ya dejaba intuir el salto de 25 metros de agua que tiene el río en este punto.

Valle del río Orjón.

Catarata de Ulaan Tsutgalan.

Desde luego la cascada no es de las más espectaculares que hayamos visto, pero nos encantó verla en aquel paraje inusual, un lugar que parecía sacado de algún cuento, idílico por el entorno y porque en ningún momento antes en el viaje pensábamos que íbamos a ver este tipo de naturaleza en Mongolia, donde teníamos en mente que fuera un país desértico y árido. Y nada más lejos de la realidad…

Valle del río Orjón.

Valle del río Orjón.

Nos encaminamos siguiendo el cauce del río Orjón hasta la montaña donde pasaríamos la siguiente noche. El paisaje en aquel lugar era espectacular, rodeados de aquellas montañas llenas de nieve y un silencio sepulcral roto tan solo por el chasquido de la leña que nos estaban preparando para esa noche. Hacía mucho frío y toda la leña iba a ser poca para calentarnos. El camino hasta este lugar fue impresionante, pero era más aún permanecer allí toda la tarde y noche. Para matar un poco el tiempo nos fuimos con unos caballos a dar un paseo hasta las faldas de la montaña y regresar justo a tiempo para la cena que nos tenía preparada Piska.

Valle del río Orjón.

Valle del río Orjón.

Valle del río Orjón.

He de decir que la familia que nos acogió en esta ocasión no fue tan hospitalaria como la de la noche anterior y prácticamente pasaron de nosotros. Nos daban alojamiento puesto que era lo pactado y no supimos más de ellos hasta la mañana siguiente.

Valle del río Orjón.

Esa noche cenamos en nuestra yurka con Piska y Paska arrimados a la estufa. En el exterior la noche fue cerrando el cielo y la luna hacía brillar la nieve de las montañas. Los cabritos se arrejuntaban a la tienda y el río seguía su cauce dejando una relajante sinfonía a su paso. Era todo perfecto menos el frío que pasamos cuando se acabó la leña. Y nuestro conductor durmiendo en la furgoneta como todos los días porque decía que dormía mucho mejor allí. Esta gente tiene que tener la piel de un grosor descomunal…

Valle del río Orjón.

Caminata hasta el monasterio budista de Tovkhon

Un lugar de meditación debería ser un lugar apartado de todo, alejado de la gente en un lugar solitario de difícil acceso y a ser posible rodeado de naturaleza. Pues el monasterio budista de Tovkhon cumple todos estos requisitos y más. Está situado en lo alto de una montaña en medio de un parque natural y para llegar a él hay que recorrer unos 3 o 4 kilómetros desde donde se deja el coche caminando por pleno bosque. Ese era nuestro destino aquella mañana, pero además había un aliciente, y es que el tiempo estaba tan inestable que cuando llegamos a las faldas de la montaña el tiempo empeoró y tuvimos que hacer la caminata bajo la nieve. No se podía plantear peor la situación… ¿o sí?

Valle del río Orjón. Monasterio budista de Tovkhon

Valle del río Orjón. Monasterio budista de Tovkhon

Pues por una parte mejoró la cosa y por otra empeoró de lo lindo. La nieve nos dio una tregua y el cielo se aclaró, aunque caminar sobre un manto blanco sin llevar calzado adecuado tiene consecuencias, pero esto acabó siendo lo de menos. Piska, nuestro querido guía que tan solo llevaba dos años ejerciendo dicha profesión, nos iba marcando el camino a unos 50 metros delante de nosotros, y aunque se le veía decidido por donde iba y dando la impresión de que conocía estas montañas como la palma de su mano, rápidamente nos dimos cuenta que no tenía ni pajolera idea de por dónde tirar.

Valle del río Orjón. Monasterio budista de Tovkhon

Nos llegamos a mosquear incluso con él porque no era capaz de reconocer que se había perdido y que no sabía llegar al monasterio y nos tenía dando vueltas de una montaña a otra sin saber dónde ir. Finalmente nos confesó que él simplemente había ido al monasterio en una ocasión y que aquella vez había accedido desde el otro lado de la montaña y que por donde estábamos ahora no sabía situarse.

Valle del río Orjón. Monasterio budista de Tovkhon

Cualquiera se orienta aquí…

Nos llevó a varias cimas de montañas, pero ninguna era la buena, hasta que finalmente le dijimos que bajáramos de nuevo al coche para comer algo e intentar centrarnos un poco. ¡Habíamos estado más de 2 horas perdidos en el bosque!

Ya en el coche comimos, nos cambiamos los calcetines que estaban calados y dejamos las zapatillas que se secaran un rato para intentar por la tarde acceder de nuevo al interior del bosque y buscar el dichoso monasterio. Después de varias horas buscándolo, no nos íbamos a ir de allí sin encontrarlo ¿no?

Al final resultó que no era tan complicado llegar a él. Simplemente teníamos que haber ido por el lado contrario esa mañana y haber seguido un camino que cada cierto tiempo nos encontrábamos lazos atados a los árboles… pero aun así… ¡se volvió a perder! Pero justo en ese momento surgió el milagro. De la nada apareció otro guía con tres chicas que iban al mismo monasterio… y ya es casualidad encontrarse a alguien aquí… Pero a Piska le vino de lujo.

Valle del río Orjón. Monasterio budista de Tovkhon

Con ellos llegamos sin problemas tras una buena caminata al monasterio budista de Tovkhon. Este monasterio lleva aquí desde que la primera autoridad religiosa mongola que hubo lo mandara construir allá por el 1653, aunque fue destruido por los comunistas y restaurado más adelante. Por lo visto para entrar al monasterio hay que pagar, aunque nosotros no vimos en ningún momento a Piska hablar con nadie y pagarle, además de que los pequeños templos que allí había estaban cerrados y solo se podía ver algo de su interior a través de unas ventanas.

Valle del río Orjón. Monasterio budista de Tovkhon

Valle del río Orjón. Monasterio budista de Tovkhon

Los templos están pegados a unas roca donde hay varias cuevas de meditación y en la cima de la montaña hay una pila enorme de piedras llamados Ovoo donde es costumbre rodearla tres veces para honrar al cielo y las montañas, y en nuestro caso también para seguir teniendo un buen viaje. El lugar es inmejorable para obtener una panorámica de todo nuestro alrededor.

Valle del río Orjón. Monasterio budista de Tovkhon

Valle del río Orjón. Monasterio budista de Tovkhon

De vuelta a la furgoneta pusimos rumbo a través del valle del río Orjón hacia la antigua capital del imperio mongol Karakorum, la ciudad desde donde una época se dirigió el imperio más extenso que jamás se haya creado, pero eso lo dejo para el próximo relato de Mongolia. Ahora os dejo con un vídeo de estos dos días pasados en el valle del Orjón.


Valle del río Orjón por vitin77

Víctor del Pozo