El encanto de Japón en Miyajima

En nuestro viaje por Japón visitamos muchos lugares, de los cuales la gran mayoría fueron grandes ciudades como Osaka, Kioto o Tokio. Pero sin duda, los sitios más pequeños y abiertos a la naturaleza fueron los que finalmente nos cautivaron. Enclaves como la isla de Miyajima de la que os voy a hablar hoy puede conseguir en tan sólo unas horas que las aglomeraciones y el mundo del consumismo que se vive en las grandes ciudades queden relegados a un segundo plano para dar paso al descubrimiento más íntimo de la cultura japonesa. La tranquilidad que se vive en Miyajima, pese a su gran fama y la cantidad de turistas que lo visitamos, es perenne e inalterable. Pero para ello tenemos que darle tiempo. Mínimo una noche. Es cierto que Miyajima se puede visitar el mismo día que se visita Hiroshima, e incluso volver ese mismo día a Osaka si no tenemos más tiempo. Pero mi recomendación personal es que os quedéis a dormir en la isla aunque sólo sea una noche y disfrutéis de la espiritualidad que envuelve a Miyajima. Yo lo tuve claro desde el primer momento. Quería pasar una noche en la isla y despreocuparme de hacer visitas maratonianas por Hiroshima y Miyajima, así que tras ver por la mañana el memorial de la bomba atómica en Hiroshima y comer por la ciudad, nos dirigimos de nuevo a la estación de trenes para marcharnos hasta allí.

Tren hacia Miyajima

Visitando Itsukushima de noche y de día.

Para llegar desde Hiroshima a Miyajima cogimos la JR Sanyo Line que en apenas 30 minutos nos dejó en la estación de Miyajimaguchi. Desde allí tan sólo hay que andar unos 5 minutos hasta la parada de los ferrys que nos cruzan hasta la isla de Miyajima (todo operado por JR, por lo que si se tiene la JR Pass tendremos todo incluido).

Ferry a Miyajima

Desde luego el día no era el más indicado para hacer turismo. Se había tirado lloviendo toda la mañana y por la tarde tampoco tenía pinta de darnos una tregua. Pero aun así, tras dejar las cosas en el hotel no pudimos resistirnos a salir rápidamente a la calle para ver la icónica silueta del torii más famoso de Japón. Ya era tarde y estaba anocheciendo y por la calle principal del pueblo sólo quedaban algunos comercios abiertos preparados ya para cerrar por ese día.

Calle comercial de Miyajima

Tras la estampida diaria de los turistas Miyajima vuelve a la calma y a la cotidianidad de un pueblo pequeño y tradicional. Prácticamente no había ni un alma por la calle y los pocos que estábamos acabábamos encontrándonos en la orilla del mar junto al santuario Itsukushima y su famosa puerta bermellona.

Torii de Itsukushima

Pero el clima nos jugó su última baza y comenzó a llover de nuevo embarrando aún más la arena y haciendo incómodo andar con paraguas y carro en mano, así que tras el desespero de la niña por querer salir de su burbuja de plástico que la mantuvo sentada casi todo el día, Eva decidió retirarse por ese día e ir al hotel con Vera a descansar. Yo, egoístamente, me quedé. Quería aprovechar para hacer algunas fotos y sobre todo para perderme por los senderos que rodeaban al santuario. Y allí me quedé junto a unas pocas personas más hasta que la oscuridad nos engulló y decidí irme a explorar en total soledad y sin más luz que la que me proporcionaba el flash de mi móvil los alrededores de Itsukushima.

Santuario de Itsukushima

La pagoda de cinco pisos, cual faro de Miyajima, fue mi referencia aquella noche y a ella llegué tras subir unas empinadas escaleras. Parecía que estaba solo, pero no lo estaba. Junto a mí, y tras escucharlos, me di cuenta que estaba rodeado de varios ciervos que detenidamente me observaban como si no quisieran ser descubiertos. Estos animales son sagrados en Japón por ser considerados mensajeros de los Dioses y campan a sus anchas por la isla, pero sinceramente… de santos no tienen nada. Muy acostumbrados a la presencia humana no dudan ni un momento en meter el hocico por cualquier parte de tus pertenencias y hasta de cabrearse si no les das nada. Comprobado en mis propias carnes.

Pagoda en Miyajima

Finalmente bajé de nuevo hacia el pueblo y en la penumbra me dirigí hacia el hotel. Habían sido un par de horas las que había estado deambulando por allí y en ese rato crecieron en mí las ganas de descubrir la isla a plena luz del día.

Si de noche y lloviendo la magia de Miyajima me cautivó, al día siguiente y con un sol radiante como el que nos hizo acabó de convencernos a los dos. Esta isla fue uno de los lugares más bonitos e interesantes que visitamos en nuestro viaje a Japón, y es que la naturaleza que envuelve a este enclave la convierte en única.

Miyajima

Itsukushima es uno de los santuarios más antiguos de la isla construido en el siglo VI, aunque tal como lo vemos hoy en día es gracias a una ampliación y reconstrucción del siglo XII. Su gran peculiaridad es la de estar construido sobre el agua sin llegar a tocar tierra firme porque así obligaban las normas sagradas de la isla. Hace ya mucho tiempo que esa norma no se cumple y por toda la isla se pueden ver viviendas y templos, pero eso sí, siempre respetando el entorno natural. Paseando por los tablones de madera de Itsukushima recorrimos todo el santuario escuchando la melódica música de numerosas flautas que dirigían con sus notas una ceremonia que se estaba celebrando en aquel momento.

Santuario de Itsukushima

Santuario de Itsukushima

A esa hora de la mañana la bahía donde se sitúa el santuario comenzaba a vaciarse de agua dejando al descubierto sus cimientos. Este espectáculo visual se transforma dos veces al día con la bajada de la marea y más tarde podríamos pasear sin ningún problema sobre el fondo del mar hasta el famoso torii que custodia Itsukushima. Mientras tanto, decidimos salir de allí y dirigirnos monte arriba hasta el templo Daisho-in.

Santuario de Itsukushima

El templo Daisho-in abrazado a la montaña.

El templo Daisho-in se encuentra en el límite norte de la pequeña población, justo donde empieza la espesa vegetación del monte Misen. Pese a que este templo pueda quedar eclipsado por la fama del santuario de Itsukushima, Daisho-in no se debería olvidar visitarlo ya que por sí mismo reúne numerosos atractivos que lo hacen extraordinario.

Se trata de uno de los primeros templos budistas en Japón pertenecientes a la escuela Shingon —una doctrina esotérica en la que indagaríamos más profundamente al día siguiente en el monte Koya— que nada más entrar por su puerta y empezar a ascender su gran escalinata podremos ver inscritos en la barandilla los mantras que caracteriza a esta doctrina budista.

Templo Daisho-in

El conjunto monumental y religioso de este templo es realmente espectacular y buena parte de ello es debido al entorno que lo rodea. Los salones ceremoniales, las fuentes y las cientos de estatuas que hay esparcidas por todos lados se integran perfectamente con la naturaleza sagrada del monte Misen.

Templo Daisho-in

Templo Daisho-in

Aprovechando la confianza y buena voluntad que veíamos de los japoneses, nos aventuramos a dejar el carro de la niña aparcado junto a un árbol sin ninguna vigilancia y hacer el resto del recorrido más cómodamente ya que había que subir muchas escaleras para llegar a todas las estancias del templo. Así, más cómodos, pudimos recorrer cada uno de sus rincones tales como pabellones, fuentes, alguna cueva y escondrijos ajardinados repletos de pequeñas estatuas Jizo y Rakan.

Cueva Henjokutsu

La cueva Henjokutsu reúne los principales iconos budistas de los ochenta y ocho templos de la ruta de peregrinación de Shikoku a la que pertenece este templo

Templo Daisho-in

Templo Daisho-in

Templo Daisho-in

Templo Daisho-in

Templo Daisho-in

Templo Daisho-in

Allí estuvimos más de una hora larga observando las distintas estatuas, algunas narigudas y otras orejudas, todas distintas como si fueran un pequeño ejército de terracota. También pudimos disfrutar de una pequeña ceremonia en uno de sus pabellones al que Vera miraba asombrada y con cara de preguntarse que eran aquellos sonidos que procedían de los tambores. Sin duda fue uno de los momentos mágicos de nuestro viaje por Japón.

Miyajima mar adentro

Salimos de templo Daisho-in que nos había obnubilado y comenzamos a andar por las calles del pequeño pueblo buscando algún sendero que nos llevase a alguna zona más elevada para tener una vista general de Miyajima. Desde allí pudimos ver como algunas personas ya se empezaban a aventurar a andar por el fondo marino hasta el famoso torii bermellón que había quedado descubierto por la bajamar y era ahora accesible sin más inconveniente que el de ensuciarse un poco las zapatillas del fango acumulado.

Torii de Itsukushima

Este torii es sin duda una de las imágenes más reconocidas de Japón. Es cierto que como mejor exhibe su elegante silueta es cuando el agua lo cubre parcialmente y parece flotar en la pequeña bahía, pero sólo durante unos momentos al día es cuando se tiene la oportunidad de observarlo más de cerca, de tocarlo y situarte bajo sus 16 metros de altura y 60 toneladas de peso. No es el más grande de Japón, pero sin duda es el más especial por su increíble situación. Marca la entrada al mundo sagrado de Itsukushima y del monte Misen quedando tras él el mundo terrenal, mar adentro.

Torii de Itsukushima

Son algo más de 200 metros de fondo marino convertidos en ese momento en playa pantanosa los que separan la gran puerta del primer pabellón del santuario que protege. En ese momento, con la bajamar, ese pequeño tramo se llena de gente que quiere llegar hasta él.

Torii de Itsukushima

No hay nada de especial, la verdad, ya que toriis semejantes a este los puedes encontrar por decenas en muchas partes de Japón, normalmente más pequeños, pero incluso algunos mucho más grandes, y todos son muy parecidos salvo por alguna característica arquitectónica debido a su peso o dimensiones. En este torii de Itsukushima, además de su posición en el mar,  lo peculiar reside en sus cuatro pilares de apoyo adicionales que tiene para poder soportar —junto a los dos pilares más grandes y principales— el peso de la estructura y la acción del agua. Y sobre todo, lo que más me sorprendió, es que esta gran estructura se mantiene en pie exclusivamente gracias a estos pilares y sus toneladas de peso ya que no está sujeto de ninguna manera al fondo marino como podría caber pensar.

Torii de Itsukushima

De todas formas, haya o no motivos para verlo de cerca, es una de las cosas que como buenos turistas teníamos que hacer y para ello acudimos a sus inmediaciones, y por turnos (no era plan de meter el carro de Vera por el barro…) nos acercamos hasta su base, la rodeamos, la tocamos y la observamos detenidamente, aunque bien es cierto que la mejor forma de verlo no es desde allí abajo. Según te acercas su silueta se va distorsionando perdiendo su gran belleza y por tanto, si vosotros no podéis llegar a él, tampoco os estaréis perdiendo nada del otro mundo.

Torii de Itsukushima

Las últimas horas que nos quedaban en aquel encantador pueblo las aprovechamos paseando por las calles y visitando algún que otro templo, pabellones y el gran faro de la isla, la pagoda de cinco pisos que la noche pasada había estado visitando en total soledad.

Pagoda en Miyajima

Volvimos a la estación de ferry y deshicimos el camino del día anterior hasta Osaka. De nuevo volvíamos a la ciudad y al hotel que nos había acogido en este país, pero sólo íbamos a estar esa noche. Al día siguiente saldríamos temprano de allí para hacer varias combinaciones de tren y autobús y llegar a otro de los lugares más sagrados de Japón, Kōyasan, el lugar más importante del budismo shingon en Japón.




Víctor del Pozo

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    • Daisho-in era principalmente lo que más quería ver (además del torii iluminado por la noche). Pero en general el pueblo tiene mucho encanto y se ve muy tradicional. Lástima de no haber tenido más tiempo y para poder subir al monte Misen… Pero bueno… Todo no se puede.

      Un saludo!

    • La verdad que si, aunque luego depende siempre de con que ojos lo mires. Yo tuve la oportunidad de verlo de noche y en solitario y creo que fue lo que hizo que me gustara aún más. De todas formas, es que hay lugares que nunca perderán su encanto…

      Un saludo!

  1. Nosotros no pudimos ver el torii sin agua! 🙁 Pero ahora leyéndote veo que no es para tanto!!
    También a nuestra llegada a la isla nos recibió una buena lluvia!! Pero al día siguiente nos salió un sol espléndido como a vosotros!

    • Debe ser que esa isla es la isla de la lluvia… Jose Carlos también le llovió…

      Por cierto, que me alegro que os gustara el hotel. Merece la pena dormir en la isla y más aún si te ha llovido el día anterior y tienes una segunda oportunidad al día siguiente.

      un saludo!

  2. Desde luego que los Globellers atraemos la lluvia a esta isla, suerte que al final nos da una tregua para verla en condiciones. Por la noche me encanta el ambiente que hay, creo que la próxima vez me llevaré una linterna y a explorarla en total soledad 😀

    Me alegra que te gustara tanto este lugar, es de mis favoritos de Japón y mira que amo de este país hasta las aglomeraciones, pero sus entornos naturales se llevan la palma.

    ¡¡¡¡Saludotes!!!!

    • Y volverás… seguro que volverás. No hay más que hablar contigo un rato sobre Japón y se ve a leguas que no te conformarás con una vez. Además que yo creo que un segundo viaje a Japón será mucho mejor que el primero.

      Un saludo!

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